Sobre inteligencia emocional se ha dicho mucho, quizás demasiado para una generación de educadores y maestros que crecimos y nos formamos en una época en la que lo más parecido a educación emocional que escuchamos fue, los niños no lloran, las niñas son más sensibles y emotivas. Desde ahí crecimos y nos desarrollamos como discapacitados emocionales.
Ahora tenemos que educar y preparar a nuestros alumnos y alumnas en un campo que apenas conocemos y aplicamos en nuestra vida. Con un bombardeo de discursos y prácticas, que se nos escapan. Es como el educador que pretende dar animación a la lectura y no se ha leído un libro en su vida, ¿cómo va a transmitir la pasión y el amor a las letras y a las historias?, pues esto es un poco más de lo mismo.
Proponemos un modelo fácil y aplicable a nosotros, tanto en nuestra vida, como profesionales que trabajamos con gente. Para empezar necesitamos aprender a desarrollar un vocabulario apropiado que nos permita identificar y nombrar correcta y claramente nuestras emociones, que va mucho más allá de "bien" y "mal" Por otro lado el cuerpo y la emoción están directamente relacionados, nuestro cuerpo habla y es más rápido y más claro que nuestra cabeza, a él no se le puede engañar.
Otra cosa es que sepamos y queramos escucharle. Las emociones no son ni buenas ni malas, son necesarias, lo importante es que sean adecuadas, hay que aprender a manejarlas, no a controlarlas. Y lo hacemos desde el humor, porque ya es suficientemente difícil y duro enfrentarnos a lo que sentimos sin juicios ni prejuicios, como para no hacerlo desde un lado más amable como la risa y el juego.

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